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COBARDE HIJO DE PUTA GOLPEÓ Y ROBÓ A UNA ABUELA

COBARDE HIJO DE PUTA GOLPEÓ Y ROBÓ A UNA ABUELA

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“Un profundo silencio que ponía espanto en el corazón y que de vez en cuando era interrumpido por lejanos y tétricos ladridos, anunciaba que era general la consternación…”
Rosa José Victoriano Lastarría

A es una mujer muy trabajadora. La conocemos de años. A los 72 se moviliza como una chica de 25. Enviudó en el 2015 y sigue al frente del comercio de su marido, a más de supervisar el de su hijo, con quien vive. La casa de barrio Jardín ya les ha quedado grande. Los otros tres hijos migraron y tienen sus familias. Cuatro nietos le dieron. Lo que si A es muy metódica y, quizá, rutinaria. Sale todos los días entre las ocho y las ocho y media, dos horas después de su hijo, se sienta en el auto, enciende el motor, espera que “caliente” antes de poner la marcha atrás.
El Miércoles 21 de Agosto hizo algo distinto.

La abuela internada por la bestialidad de un ladrón

Puso a calentar el auto con el freno de mano y se metió en la casa a buscar unas boletas para pagar amén del dinero para proveedores y otros gastos del negocio que había dejado prolijamente separado en la mesa de la cocina. La puerta quedó abierta.

En una zona del barrio, sobre la calle Santa Fe, que a la noche es la capital nacional de los gatos en los tejados, donde ya se le descolgaron para robarle el secarropas e intentar entrar. Con esa boca de lobo de la cuadra del aserradero enfrente que es una villa cariño de autos en la que transitan borrachos y drogados que es un contento.
Había recogido las boletas y en el trámite final de alistarse le apareció un tipo de frente, un petiso morocho, 1,60 calcula, con la ropa negra y la cara tapada que por toda gentileza la agarró de los pelos y le empezó a pegar trompadas, una de ellas, cobarde hijo de puta, le rompió el tabique nasal, calcula que tendría unos 25 años. “Dame la plata, dame la plata!!” vociferaba el infrahumano.

Aterrada A le dijo que la plata la tenía en la cocina, los fajitos para los pagos, unos ocho mil pesos. El asaltante quería más, llevó a la abuela de los pelos al cuarto, le ató las manos y los pies con el cable de un cargador de celular y le metió en la boca su camisola de dormir. No podía respirar. El imbécil (en el sentido de carencia o insuficiencia de inteligencia o de comprensión) anduvo por todas las piezas. A, dolorida y sangrando, logro desatarse pero se quedó un buen rato inmóvil. Aterrada que volviera.
Se llevó la plata y su bandolera con las tarjetas, no encontró nada más, ni siquiera vió el celular que su victima, mientras era arrastrada, hizo caer en la silla. Ahí quedó.

Un malparido nos lo adjetivaron en un mensaje. Nada más exacto.
Cuando A salió el auto seguía en marcha, “calentándose”. Es una abuela muy valiosa y muy querida, la visitaron en tropel en el sanatorio donde está internada. Le duele todo el cuerpo por los golpes del infradotado pero no tiene costillas fisuradas. Tiene miedo. No es para menos.

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